jueves, 6 de marzo de 2014

La Globalización de la Educación y el Fin de la Historia - Parte Uno , de Giovanna Benedetti


Artículo original de Giovanna Benedetti, Escritora y Abogada Panameña

¿Se acuerdan ustedes de Francis Fukuyama... aquel profesor de Stanford, favorito de los neoconservadores, miembro del PNAC y asistente de Paul Wolfowitz, que en 1989 (justo después de la caída del muro de Berlín y poco antes de la invasión a Panamá), se ganó sus quince minutos de fama cuando proclamó con gran fanfarria su tesis del “fin de la Historia”? 

Fukuyama alardeaba del irresistible ascenso del “Estado homogéneo universal", y hasta llegó a decir en 1992, en una versión aumentada e incorregible del mismo discurso, que “lamentándolo mucho” creía que en ese nuevo territorio global de “fronteras líquidas” y mercados neoliberales, la gente (esa que antaño “se divertía” política y culturalmente), se iban a “aburrir” de plano; y es que una vez que todo el planeta acabara por parecerse a Occidente, ninguna memoria colectiva tendría relevancia ni función.

Toda esa histeria del “fin de la historia” se fue desvaneciendo de los titulares, pero cualquiera es consciente de que nunca desapareció. A la vuelta del siglo y en el último decenio, el fukuyamismo ha regresado a las carteleras con un nuevo espectáculo y vestido de “Terminator”; y, como en la película, listo para cumplir con su misión de imponer su versión del futuro, cambiando el pasado. 

Lo interesante es que esta vez el “evento” no se hace depender de ninguna contingencia histórica como en 1989, sino que se impone como consecuencia de un macro proceso de destrucción cultural. Este proceso, concebido e incubado en las más altas esferas mercantes y mediante intervención financiera supranacional, fue dado a luz en los claustros de algunas de las universidades más antiguas de Europa: Sorbona, Bolonia, Salamanca... y el mismo tiene por epicentro la instalación de un nuevo ordenamiento educativo, tan radical en su estructura y deontología, que de hecho significa un cambio de paradigma en los sistemas de enseñanza-aprendizaje de todos los países del planeta.



En Panamá concretamente, la Ley 48 de 2012 —esa que se acaba con la vigencia curricular de una asignatura clave para el entendimiento y salvaguarda de la memoria histórica y la identidad cultural de la nación—, es la que sirve de heraldo a este nuevo ordenamiento educacional. Basta con leer su propia exposición de motivos, donde explica que la cátedra eliminada pasará a refundirse en una asignatura llamada “Historia de Panamá para un Mundo Global”, que a su vez se desarrollará (dice el mismo texto), de acuerdo a un “nuevo enfoque globalizado” de la educación, para comprender que detrás de la eliminación de la asignatura Relaciones de Panamá con los Estados Unidos hay mucha —pero mucha— más tela que cortar que lo que se ve a primera vista.
La intención de este escrito será rasgar el velo de este gran telón de fondo; pero antes, me voy a permitir un pequeño paréntesis para un asunto puntual, ya que encuentro difícil seguir adelante sin compartir con ustedes una sospecha que me inquieta, y que lanzo al ruedo como trompo para ver quién la agarra.
El asunto es el siguiente: ¿Qué relación existe entre el Tratado de Promoción Comercial (TPC) firmado y aprobado por Panamá y los Estados Unidos, por un lado, y por el otro: la Ley 48 y el Decreto Ejecutivo 920, ambos de 2012? 
¿Pudiera ser que estos dos trastos legislativos panameños y el TPC no hubieran nacido por separado, sino de la mano, como esos típicos chances de lotería “casados”? 

Es decir: ¿qué tal si esas normas (y otras más que se ya se alumbran) no fueran sino una imposición de los EEUU para la ratificación del convenio de marras?
Todo empieza por la extraordinaria coincidencia de las fechas:
1) El proyecto de Ley 407 (que luego se convirtió en la ley 48) se presentó a la asamblea el 29 de agosto de 2011, y justo dos meses más tarde, el 22 de octubre de 2011, se logró la ratificación por el congreso estadounidense del Tratado de Promoción Comercial. 
2) La norma que destruye la cátedra de Relaciones de Panamá con los Estados Unidos de Norteamérica se convirtió en Ley de la República a fecha 17 de agosto de 2012, por su publicación en la gaceta oficial 2701. El TPC entró en vigencia el 31 de octubre de 2012. En fin, allí lo dejo.
El Presidente de la República don Ricardo Martinelli , a su manera, parece sugerir más de lo que cuenta con eso de que “Esa asignatura lo único que hacía era crear tensiones”; que fue lo dijo (a pie de tumba), el mismo día del cincuentenario de la gesta del nueve de enero. Lo que el presidente de la república no ha dicho (si es que lo sabe) es por qué razón este desbaratamiento del sector educativo panameño sigue la misma hoja de ruta de otros países lejanos y cercanos.

Y es que el caso de la eliminación de la cátedra de Relaciones de Panamá con los Estados Unidos no es un suceso ni particular ni aislado.
En México, por ejemplo, la Reforma Integral de Educación Media Superior (RIEMS) decretó en 2008 la eliminación de las materias de Humanidades y Filosofía del plan de estudios. Y en España viene ocurriendo otro tanto con la desaparición de la asignatura Formación para la ciudadanía y derechos humanos. 
Es decir: estamos frente a una trama. Una trama que lleva por oficio global “adecuar la enseñanza a las necesidades del mercado laboral (a fin de que estos puedan) reflejarse convenientemente en los currícula” (Mensaje de Salamanca, 2000). Trama perfectamente diseñada, de alcance mundial y sin fronteras, que se marca como una de las acciones prioritarias “seguir definiendo y promocionando en el currículum las destrezas de capacidad de obtención de empleo en sentido amplio” (Declaración de Graz, 2003).


La destrucción macro-cultural y el rebajamiento del pensamiento crítico se viene produciendo simultáneamente en Estados nacionales pertenecientes a los cinco continentes. Aquí y allá las nuevas directrices apuestan por una ciudadanía desarraigada de su historia y enajenada de su identidad. Quieren estudiantes ubicuos y flotantes, ajenos a las valoraciones del pensamiento crítico para poder implantar su esquema. Como explica Chomsky (2009), “les asusta —y con razón— el papel que en otras épocas han desempeñado los universitarios, los estudiantes comprometidos y los intelectuales”, de ahí que quieran acabar —en plan global— con la universidad y escolaridad superior independiente, a través de los supuestos beneficios concertados de una sintonía (“Tuning”) de sus sistemas educativos; porque no les gusta “que demasiada gente tenga acceso a una educación autónoma” (N. Chomsky: Latin America Declares Independence, 2009), ni que en su seno se cultive ese estudiante portador de valores, ese estudiante humanista y culto, educado en la conciencia colectiva de un patrimonio nacional, ese estudiante que afianza su identidad y defiende su memoria histórica, al que se han propuesto reemplazar por el estudiante pragmático, de fronteras líquidas, aprendizaje utilitario y desarraigo cultural. .
Nada hay más efectivo para modificar conciencias que la avalancha terminológica y la novedad de un nuevo léxico. Así pues, la primera “reforma” se puede ver en lo lingüístico donde se empieza a hablar ya de “clientela estudiantil”, de “producto educativo” de “empresa escolar”, de “control de calidad colegial”, de “inversión de aprendizaje” y del “enfoque por competencias” (que en Panamá ya apareció en lo jurídico por el Decreto Ejecutivo 920 de 31 de octubre de 2012, sin que se explique de qué va o viene). 

La consigna es hablar más de “entrenadores” y menos de “educadores”. Como en los Estados Unidos, donde ya no sorprende que se haya pasado de decir “learning” a decir “training” ni que se anuncie la imposición del “training” sobre el “learning”.

El término estrella es el de “economía del conocimiento”, impuesto ya en Europa como canon de la universidad-inversionista y la escuela-competitiva. 
Este combinado, que es por muchas razones una figuración alejada de la ética  del saber, transforma a los estudiantes en clientes y a las políticas educativas en gestiones comerciales. Semejante deontología que prioriza los valores utilitarios y que fragmenta la formación profesional de los estudiantes, tiene que impactar negativamente en el quehacer e identidad de profesores y estudiantes. Pero eso no parece importar a estos terminators anti-históricos. Su objetivo es poner a la educación de cada Estado soberano al servicio de las empresas, subordinando la financiación pública a la previa obtención de “fuentes de financiación externa”, es decir, privadas.
Este modelo educativo golpea en primer término los sitios más fusionados de la ciudanía a nivel de nación (ya lo estamos viendo en Panamá): la memoria histórica, la identidad colectiva, la dignidad social, el decoro cívico, el sentimiento patrio, la conciencia pública nativa y local. Y es que su primera ofensiva consiste en destruir (o ablandar) las estructuras culturales que suelen servir de baluarte frente a las amenazas. Al desfigurar la memoria común o al impedir la construcción de una identidad histórica, se propicia el desamparo de los bienes culturales y se consigue poner en el mercado el inventario patrimonial de toda la riqueza propia de una nación, que es además otro de los fines perseguidos por la trama.

Sigue este interesante artículo de la Abogada y Escritora Panameña Giovanna Benedetti en su segunda parte:  " El Efecto Tuning " en http://alenclaridad.blogspot.com/2014/03/la-globalizacion-de-la-educacion-y-el_5.html