lunes, 17 de diciembre de 2012

Historia de Santa Claus, Papá Noel o Viejito Pascuero



Por:  Rafael Ariansen Salvagno
Instituto de los Andes
Así como los cuentos y leyendas respecto al origen del árbol de navidad son muchos, las historias sobre Papa Noel, Santa Claus, San Nicolás o el Viejo Pascuero son innumerables, he aquí algunas de ellas:
 
1) Según se dice, hace dos mil años existió en Roma un gigante que llamaban Gargan, quien disfrutaba repartiendo regalos entre sus amigos. En su homenaje entre los días 17 y 24 de diciembre, los súbditos del César se repartían todo tipo de regalos.


2) Hay quienes sostienen que Santa Claus es una evolución del Señor del Desorden, una de las tradiciones que los normandos introdujeron en Inglaterra cuando la invadieron hacia el año 1606. Los ingleses habían sido seducidos por el carnaval de moral relajada que había impuesto esta fiesta y los cristianos, preocupados por esta degeneración de las costumbres propias del catolicismo, crearon un personaje opuesto, dulce y bondadoso que comenzaron a difundir entre los creyentes y cuya labor era vigilar que se cumplieran las fiestas según la tradición cristiana.
 

3) Otra historia nos traslada a Groenlandia, al poblado esquimal Uummannaq, cerca del cual se encuentra una montaña considerada sagrada por los místicos ya que se dice que es uno de los centros magnéticos más poderosos del planeta. Según se dice, Santa Claus fue un hombre bondadoso de tez blanca como la nieve y pelos en el rostro que vivió a los pies de la montaña, y que cada fin de año dejaba regalos para los niños y mujeres en las puertas de los refugios de los esquimales.
Con el tiempo, el Padre Invierno o Papá Noel, se confundió con San Nicolás, un hombre sumamente rico nacido en lo que hoy es Turquía y famoso por su generosidad con los más pobres, en especial con los niños. Resulta que aquel hombre, que se transformó en Obispo y más tarde en Santo, era un gran benefactor y rápidamente se ganó el cariño de toda la población.
 
El gran amor que prodigaba, sobre todo a los pobres, inquietó al emperador Diocieciano que lo apresó bajo el cargo de agitador y farsante. Años más tarde, asciende al poder Constantino el Grande y ordena su libertad, muriendo en el año 350. Su fallecimiento provoca una explosión de fe y se le comienza a ver como un apóstol de la generosidad. Europa, Rusia y Grecia lo adoptaron como su protector.
A partir de aquella época muchas iglesias toman su nombre y su imagen se convierte en símbolo de marinos y viajeros ya que se dice que  calmaba las tormentas y salvaba vidas. Los restos de San Nicolás fueron trasladados a la iglesia de Bari en Italia celebrándose su festividad en el mes de mayo, fecha en que se realizó el traslado de sus restos. Su fiesta se oficializó el 6 de diciembre teniendo en cuenta la proximidad de la navidad.
Los holandeses le tomaron particular cariño y lo llamaron en su lengua Sinter Klaas (San Nicolás), y con este nombre pasó a América, más específicamente a Nueva Amsterdam, que luego los ingleses bautizaron como Nueva York. Con el tiempo, Sinter Klaas se transformó en el famoso Santa Claus, es decir en Papá Noel.

Santa Claus, Papa Noel, o el Viejo Pascuero, no importa el nombre lo cierto es que todos aluden al mismo personaje, un hombre grande, de tez blanca bondadoso y caritativo que da obsequios a los pobres. Aunque las imágenes de él han ido cambiando con el tiempo, lo único que no ha variado es que siempre se le representó con una gran barba blanca. Las imágenes que tenemos de él se atribuyen al escritor y periodista Washingtón Irving quien soñó en 1809 a un sonriente Santa Claus que fumaba pipa  y cruzaba el firmamento en un trineo halado por renos, visión perfeccionada por el poeta Clemente Clark.

UNA VISITA DE SAN NICOLÁS
Autor: Clement Clarke Moore

Era la noche antes de Navidad, cuando en toda la casa
ninguna criatura se movía, ni siquiera un ratón.
Las medias fueron colgadas por la chimenea con cuidado,
la esperanza de que San Nicolás pronto estuviera allí.

Ya niños se encuentran todos cómodamente en sus camas,
mientras que las visiones de confites bailaban en sus cabezas;
y mamá en su pañuelo, y yo en mi gorra,
se había establecido apenas abajo de la siesta de un invierno largo.

Cuando en el jardín surgió como un ruido,
salté de la cama para ver qué ocurría.
Hacia la ventana volé como un flash,
rasgó las persianas y quité la banda.

La luna en el pecho de la nieve recién caída
dio el brillo de medio día a los objetos de abajo,
cuando, lo que a mis ojos, preguntándose debe aparecer,
sin embargo, un trineo en miniatura, y ocho renos pequeños,
con un conductor poco viejo, tan viva y rápida,
sabía que en un momento en que debe ser San Nicolás. 
Más rápido que águilas sus corceles vinieron,
y él silbó, y gritó, y los llamó por su nombre:
“Ahora, Dasher! Ahora, Bailarín! Ahora, Prancer y Vixen!
En el Cometa! En Cupido! En, Donder y Blitzen!
!Para la parte superior de la terraza! ¡a la parte superior de la pared!
!Ahora el tablero de distancia! ¡tablero de distancia! ¡tablero lejos de todo!”.

Como hojas secas que antes de la salvaje volar huracán,
cuando se encuentran con un obstáculo, montaje al cielo,
así que hasta la azotea, los corceles volaban,
con el trineo lleno de juguetes, y San Nicolás también.

Y luego, en un instante, oí en el techo
El Cabriolas y pateando de cada pezuña poco.
como señalé en mi cabeza, y fue dando la vuelta,
por la chimenea de San Nicolás llegó de un salto.

Estaba vestido todo de piel, desde la cabeza hasta sus pies,
y su ropa estaba manchada con todas las cenizas y el hollín.
Un montón de juguetes que había lanzado sobre su espalda,
y que se parecía a un vendedor ambulante con sólo abrir su paquete.

Sus ojos –la forma en que brillaron– sus hoyuelos ¡cómo feliz!
Sus mejillas eran como rosas, su nariz ¡como una cereza!
Su boca graciosa poco se ha elaborado como un arco,
y la barba de su barbilla era tan blanca como la nieve.

El tronco de un tubo que tenía apretado entre los dientes,
y el humo que rodeaba su cabeza como una corona de flores.
Tenía una cara ancha y un vientre redondo,
que sacudió, cuando se reía, como un tazón de gelatina.

Estaba gordita y rolliza, un derecho duende viejo y alegre,
y yo me reí cuando lo vi, a pesar de mí mismo.
Un guiño de sus ojos y un toque de cabeza,
pronto me dio a conocer que no tenía nada que temer.

No dijo una palabra, sino que fue directamente a su trabajo,
y llenó todas las medias, luego se volvió de un tirón,
y poniendo su dedo a un lado de la nariz,
y dando un guiño, por la chimenea se levantó.

Se levantó de un trineo, a su equipo le dio un silbido,
y lejos de todos ellos volaron como el plumón de un cardo.
Pero le oí exclamar, antes de que él condujo fuera de la vista,
"¡Feliz Navidad a todos y buenas noches a todos!".


Fuente:
http://historiadelagastronomia.over-blog.es/20-categorie-10888846.html
http://www.zocalo.com.mx/seccion/articulo/495570