martes, 18 de diciembre de 2012

“No Tengo el Chip de la Maternidad”


Carolina (53) supo desde muy joven que nunca tendría hijos. Vive en pareja con un hombre al que tampoco le interesa ser padre. Una ruptura ante los mandatos.
A los 14 años sabía que no tendría hijos. Que los pañales, las mamaderas y el sueño entrecortado no estaba entre sus planes. Hoy, 39 años después, a los 53 años, Carolina -prefiere mantener su nombre en reserva- no se arrepiente de aquella decisión en la que nunca se coló una mísera duda. “En aquel momento no me parecía un país para traer un chico al mundo. Corría el año 73 y el caldo de cultivo era bastante complejo. Era una época de estudiantes muy politizados -confía esta publicista con ojos azul infinito y muy atractiva-. Se hablaba de política en las casas, en la escuela, con el entorno. Teníamos compañeros que militaban y había una sensación de mucho terror; mucho miedo, aunque yo no participara en política. Se respiraba miedo. El clima estaba turbio y terminó como todos sabemos: con el golpe militar”. 

Ese clima al que hace referencia Carolina dejó de percibirse hace 29 años, cuando se reestableció la democracia en Argentina. Aún así, ella no se replanteó la idea de ser mamá. “Yo no vine con el chip de la maternidad". No es que pueda decir que ese pensamiento tuvo una evolución. Miraba a mi alrededor y veía a las mujeres con chicos, pero a mí no me nacía eso de querer tener bebés. Nunca -agrega Carolina-. A los 18 años, para mí la palabra novio era claramente momentáneo. No había proyectos, siempre vivía el presente, por eso no me importaba si el muchacho era más grande, más chico o salía con alguien más. Salía con uno seis meses, con otro ocho, pero con ninguno pensaba en casarme. Recuerdo que uno de mis novios me preguntó: “¿por qué hablás tan despóticamente de cambiar pañales, si vos sabés que conmigo vas a lavar pañales?”. Le dije sin vacilar: “yo no voy a lavar pañales nunca. Ni con vos ni con nadie”. 
 Sin vuelta atrás
Carolina dice que ella no vino a este mundo con el chip del instinto maternal y que cuando sus compañeras de quinto año empezaban a embarazarse de sus novios, las miraba “como si estuviesen locas, desequilibradas. Sentía espanto con eso de la panza, el bebé. ¡Un horror!”, resume con media sonrisa.
Pero el amor tendría un lugar de privilegio en la vida de Carolina. A los 22 años se enamoró de un hombre un poco mayor, que ya tenía hijos. Decidieron irse a vivir juntos al poco tiempo. “Era fantástico porque no había que charlar nada sobre la maternidad. El ya tenía hijos y yo no quería tenerlos. Entonces fui a la ginecóloga para que me atara las trompas porque una vez había sufrido un susto terrible -evoca-. Y como decidí que no tendría más sobresaltos, tenía que resolver el tema drásticamente. Una medida sin vuelta atrás”. Pero la médica la convenció de no hacer la intervención quirúrgica y le sugirió probar con un DIU (Dispositivo Intra Uterino), que tiene una eficacia del 96%, y que, sobre todo, se podría retirar en caso de que Carolina cambiara de opinión. “Pero nunca cambié de opinión. Nunca”, dice con soltura y seguridad. 
Para que Carolina pudiera cumplir su deseo de no ser madre, fue indispensable conocer hombres que coincidieran con su pensamiento, que ya tuviesen hijos y que no desearan ser padres nuevamente. Tuvo suerte. O los eligió poniéndolos bajo la lupa con minuciosidad de cirujano.
Tras la separación del que fuera su primer marido, Carolina estuvo seis años sola, con algunas parejas ocasionales y otras que duraron un poco más de tiempo. “Tuve dos novios: uno que tenía hijos y otro que no. Pero jamás hubo planteos entre nosotros. Es que me parece que soy tan clara cuando hablo que no doy lugar a una próxima conversación sobre el tema”, explica.
Matrimonio sin hijos
Su intestabilidad emocional terminó hace casi 13 años, cuando conoció a Mario, su segunda -y parece- definitiva pareja. “Nos encontramos en una fiesta de unos amigos y quedamos en vernos al día siguiente. Esa noche, en esa primera charla que entablamos, él me contó que era soltero y no tenía hijos. Pensé que me estaba jodiendo, ¿un tipo de 40 años soltero y sin hijos? -dice con risa cómplice-. Al otro día me llamó por teléfono y me invitó a cenar. Acepté para ver de qué se trataba. Cuando estábamos en el auto rumbo al restaurante de San Isidro, le pregunté como al pasar: ‘¿Adónde vas en la vida?’. Y me respondió: ‘No sé, imagino que algún día me casaré y tendré hijos’”. Tras el baldazo de agua fría, a Carolina se le borró la sonrisa de la cara. Pero no dudó un segundo en poner las cartas sobre la mesa. Para que no queden dudas. “Mirá, si vos tenés pensado tener hijos, yo no soy la chica indicada -le respondí-. Hagamos una cosa: no vayamos a comer ni hagamos nada. Llevame a mi casa y está todo bien, quedemos como amigos. Pero no avancemos porque alguno de los dos se puede enamorar del otro y así no va a funcionar. Lo que le dije le causó mucha gracia, le encantó porque él tampoco tenía ganas de ser padre. Y así terminamos formando una pareja con el pleno derecho de elegir no tener hijos”. 

Contárselo a la familia

El deseo de no ser madre suele ser un duro momento a la hora de comunicar la decisión a la familia que, por lo general, es la primera en preguntar “y, ¿para cuándo un bebé? ¿Cuándo nos van a hacer abuelos, tíos, etcétera, etcétera? El caso de Carolina, sin embargo, fue muy distinto. Ella tenía el camino allanado. “Tengo una familia muy abierta y siempre hemos tenido conversaciones francas. Tengo padres modernos y ellos sabían perfectamente que de chica yo ya decía que no tendría bebés -aclara con firmeza-. Seguramente habrán pensando durante mucho tiempo que el mío era un posicionamiento caprichoso adolescente y que en algún momento cambiaría de opinión”. Pero Carolina demostró que su decisión no tenía vuelta atrás. Ya le había tocado explicar cómo se iba a vivir con su novio a los 22 años sin casarse. “Hubo largas conversaciones, pero yo estaba dispuesta a explicárselo todas las veces que hiciesen falta hasta que se convenciesen de que mi decisión estaba tomada, que iba en serio. Lo de casarme. Pero también que no quería tener hijos”.
Carolina dice que sus padres nunca se interpusieron en sus deseos ni trataron de imponerle absolutamente nada. Será porque en su familia no existieron los clásicos mandatos familiares que se inculcan desde la más temprana infancia. “La verdad, jamás me sentí presionada por el medio social ni tampoco por el familiar”, admite.
Sus amigas más íntimas jamás le preguntaron acerca de por qué no tuvo hijos. “Ellas lo tomaron como algo natural, no fue ninguna sorpresa. Incluso algunas que tienen chicos adolescentes me dicen ‘¡qué suerte que no tuviste hijos!’ (ríe). Y tampoco se les ocurriría a mis amigas dejarme a sus niños para que yo los cuide. ¡Jamás!”.
Todavía se sigue escuchando en muchos lugares la frase que dice que “una mujer sin hijos está incompleta”. No es el caso de Carolina. “Es un mito, nunca me sentí estigmatizada. Me sobra personalidad para escandalizar si quiero o contestar de manera sencilla o rebuscada, depende del caso y de quién viene la pregunta”, asegura, y agrega: “Tener hijos hubiera sido para mí un incordio. No habría podido hacer un montón de cosas que me gustan. Los chicos no me mueven un pelo. Nunca se me ocurrió, por ejemplo, buscar un trabajo de medio tiempo para cuidar un bebé. Siempre trabajé un millón de horas y así soy feliz”.
Carolina eligió no ser madre -dice- con carrera o sin carrera de por medio. “Aún hoy me sigo felicitando por la decisión. A mí me completa estudiar y leer. Siempre encontré respuestas en los libros, son los que me dieron la posibilidad de aprender a pensar con fundamento. Por eso estudié Filosofía, para que me ayudara a pensar”.
Sin embargo, a ella le hace falta el amor. “Yo no me sentiría completa si me faltara la pareja. A mí me completa el amor de un hombre”.

Razones de una decesión. Hablan las expertas.
Hace tiempo que la caída en la tasa de natalidad está haciendo pie en todo el planeta. “La elección de no tener hijos es un fenómeno de esta época. Responde a situaciones personales y también a un contexto social -explica Ana Delgado, psicoanalista, miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA)-. La decisión de no ser madre así como la de postergar la llegada de un niño en la pareja se debe a que la mujer ha hecho el ingreso a un medio social más decidido y amplio que en el siglo XX. Uno de los cambios sociales más profundos fue la incursión de la mujer en el ámbito laboral, salir de un lugar tan privado como la casa, del rol determinado cuyo mandato social era atender a los hijos. Sí o sí”. Elegir no tener descendencia es un “fenómeno de las grandes ciudades, de las clases medias, medias altas y altas -argumenta Mariana Maristany, doctora en Psicología, especialista en familia, miembro de la Fundación AIGLE-. Es en este contexto que la mujer puede elegir no ser madre”.
¿De dónde surge el deseo? Según Delgado, “desear un hijo está asociado al deseo de inmortalidad. De perpetuarse. El ser humano tiene dos misiones: su propia vida y el eslabón de la especie. Como a todos nos es muy difícil pensar en la propia muerte, inconscientemente nos sentimos inmortales, aunque a nivel consciente sepamos que un día vamos a morir. Así, la inmortalidad se refugia en la perpetui- dad a través de los hijos. Ellos son los que nos van a heredar en todo sentido y es en esa herencia donde vamos a seguir vivos”.
La decisión de ser madre o no -para Maristany- admite dos análisis: uno, socio-cultural y otro, psicológico. “El social tiene que ver con la evolución de la cultura occidental donde la maternidad pasó a ser una opción y no una obligación”, dice la especialista en familia. Coincide Silvia Rosenblatt -psicoanalista, participante de EPLA (Escuela de Psicoanálisis Lacaniano)-. “Hoy hay más permiso para cuestionar los mandatos sociales, y no tener hijos pasa a ser una decisión personal. Influye que está más valorado el ascenso laboral, social, ser exitosa, que la maternidad, para la que hay menos espacio. Hay valores más fuertes como la belleza y el éxito que va en desmedro del deseo de ser madre”. Desde la psicología, cuando se habla de tener hijos se pone en juego el proyecto que cada una tenga para su vida”, analiza Maristany.
Según la mirada de Delgado, “así como el deseo de perpetuidad antes se canalizaba a través de los hijos hoy está puesto en el proyecto profesional, por ejemplo. Adquiere una valoración y a partir de eso se puede lograr esa trascendencia que antes sólo se ponía en la maternidad”. Cuando se habla de mandatos sociales se hace referencia a los primeros juegos que le son destinados a las nenas y a los varones. Mientras al niño pequeño el padre o el tío le compra la camiseta del club de fútbol favorito, a la nena se le regala una muñeca que viene con mamadera incorporada para que la vista, le dé de comer y la acune. Para que aprenda a cuidar a un bebé. “A las mujeres se las preparaba para criar hijos desde los juegos. Pero hoy, aunque se le siga regalando muñecas, esa niña cuando crezca va a poder elegir cómo quiere vivir su vida -apunta Maristany-. Aunque también es cierto que todavía la sociedad mira a esa mujer que no quiere ser madre con recelo, se la tilda de egoísta y de egocéntrica. De mirarse el ombligo”. Y Delgado agrega: “La sociedad como sociedad es conservadora. En algunos países es más notorio que en otros, debido a la tasa de natalidad que decrece desde hace años. Por la propia supervivencia, la sociedad no puede avalar la no procreación. Pero no tiene por qué estigmatizarlos”.
Querer no es desear. Muchas veces las parejas dicen querer hijos pero no siempre es tan literal. “Se puede decir que se quiere tener hijos desde otro lugar. Porque no siempre lo que uno dice que quiere es lo que el inconsciente desea, y a la inversa -alerta Delgado-. Una mujer puede decir que quiere tener un bebé y dirigir sus acciones para no embarazarse. Hay parejas que consultan porque están ‘luchando’ para lograr un embarazo pero no tienen relaciones sexuales. Y antes de tomar la decisión de ser padres tenían un sexo muy bueno. Quieren un hijo desde la conciencia pero hay un obstáculo para desearlo. El inconsciente habla por las acciones, no por lo que se dice. Es un ejemplo claro: si no hay sexo no hay hijo. Es una manera de no enfrentar los mandatos sociales”. Rosenblatt dice que “hay mujeres que tienen niños sin desearlos. Y para Delgado, “están las que dicen que no necesitan un hijo para ser felices. Un hijo no se necesita. Se desea. Y si no se desea, mejor no tenerlo”.
La maternidad, en baja
“Si hacemos un análisis de los niveles de natalidad de distintos países es interesante ver cómo ha disminuido en casi todo el planeta”, reconoce Maristany. Según datos del último censo de 2010, “las parejas tienen menos cantidad de hijos”, aumentando significativamente los hogares de matrimonios con un hijo, en detrimento de las casas con dos hijos y más. De cara a la próxima década, para el 2020, se puede prever la presencia de parejas solas, añosas, sin hijos, que se juntan para compartir su vida. Las mujeres jóvenes, de alrededor de 20 años, desean tener hijos, pero si pasan los 30 y pico, suelen cambiar de idea y eso es algo que se está notando como tendencia”.
En España, la natalidad es materia de preocupación. Según el Instituto Nacional de Estadística (INE), en 2011 “descendió la tasa de nacimientos por tercer año consecutivo. Los nacimientos del año pasado representan un 3,5% menos que el total de 2010”. Alemania, por su parte, registra la tasa de natalidad más baja del mundo, con “8,3 nacimientos cada 1000 habitantes”, según informa el censo de 2012. Es tal la tendencia que hay asociaciones que promueven no tener hijos en Estados Unidos, cuya natalidad sigue en descenso con 13,68 cada mil habitantes.
¿Y el instinto maternal?
El instinto maternal “no existe. Lo que existe es el deseo. El ser humano no tiene instintos, sino pulsiones. Y desde que nacemos estamos atravesados por el deseo, que puede tener cualquier objeto o sujeto”, especifica la psicoanalista Ana Delgado. Los especialistas en el tema explican que si “existiese el instinto maternal no habría mujeres que matan a sus hijos o que renuncien a la posibilidad de tenerlos”. Para la licenciada Rosenblatt, “los animales tienen instintos. Pero la maternidad y la sexualidad son fenómenos netamente culturales”.
La filósofa francesa Elizabeth Badinter, en su minuciosa investigación acerca de la maternidad, que plasmó en su libro “¿Existe el instinto maternal?”, concluyó que “al recorrer las actitudes maternales, nace la convicción de que el instinto maternal es un mito. No se ha encontrado ninguna conducta universal y necesaria de la madre -aclara Badinter-. Por el contrario, hemos comprobado el carácter sumamente variable de sus sentimientos, de acuerdo con su cultura, sus ambiciones, sus frustraciones. El amor maternal es sólo un sentimiento, que puede existir o no existir, puede darse o desaparecer. Todo depende de la madre, de su historia y de la Historia”.

Por: Mónica Soraci / Clarín MUJER
Fuente:  http://www.entremujeres.com/genero/chip-maternidad_0_807519245.html